¿Islas?

*Imagen: Wreck in the moonlight - David Caspar Friedrich
* Música: La cosa pequeña - Glover Gill & Tango Tosca Orquestra



In memoriam de La inspiración 2.0

Dedicado a una tal Yurena Guillén, con isla bajo sus pies y pluma con alas de mariposa.

... y seguimos desmadejando el hilo de Ariadna, no ya en el laberinto del Minotauro, ahora el laberinto es insular, desde su Naxos, exilada por Teseo I el desagradecido, hasta la Ítaca de un tal Odiseo, como horizonte posible pero inasible, como el tiempo y la arena de todos los relojes, vagamos, ya sea adentro del círculo, víctimas del naufragio, el accidente que nos encierra para siempre en las cárceles azul marinas, ya sea anhelando el mismo que nunca se produce, la prisión que busca nuestra colectiva, insular, conciencia. Y es por eso que se crean archipiélagos, para que la distancia que nos une, desde un punto a otro de nuestra identidad, contenga más tierra candente y menos piélago frío, oscuro e incierto. Cuando, al final del camino, sobreviene el naufragio, el hundimiento final, después de bien renacer, volvemos islas que dejan estelas machadianas en el mar, volvemos islas que precisan recolectores, archivadores, clasificadores de estelas para bien salvar el pequeño gran viaje que devino desde el porvenir hasta el inicio de nuestros días, nuestros caminos, y para no llorar, de afuera hacia el centro, lagripluviar del cielo infinito y acogedor, estrellas que observan pausadas nuestro frenético devorar, mil millones de años luz antes de que todo nuestro acontecer suceda, nuestros ecos viajeros no llegarán a hollar un milímetro del tronco de la secuoya, pero sin embargo, la emoción nos embarga cada vez que milagreamos cotidianamente, verbigracia, cuando la luz del faro de mi isla no impide el próximo naufragio, y el mar primigenio acoge nuevos pecios en mis bahías, pecios que recordar, visitar, rememorar una y otra vez, circularmente en nuestra infinita finitud.

De otoño (versión audible)



La entrada original aquí

El nido

Y si todo fuese tan fácil como en ese momento, eterno unir de alientos, abrigado en el hueco de tus labios, pausados que me regalan las alas, poder descansar un mundo, manantial de deseos, tiernamente despedirme de todos y cada uno de los instantes no bellos, y morir poco a poco prendido del hilo infinito, cándido, excelso... cierro los ojos y siento... mi hogar, mi paraíso terreno.
* imagen: El beso - Auguste Rodin
* musica: Tenderly - Billie Holiday

De orillas y hombres


Antes de que Iduard se llamase Iduard fue la esperanza de una casa, fue horizonte despejado y cimas próximas por escalar, Iduard fue amalgama de posibilidades, potencialidad en potencia, pero...
Las ruedas de la fortuna decidieron por él y un sentimentalismo exacerbado le traspasó las entrañas, y logró la comunión con todos los universos. Le dolían los poros por la falta de amor en el mundo, se hizo romántico, no por moda sino por convicción. En aquella época aún usaba sombrero.
Se enamoró primero de la fuente de la sabiduría y después de la fuente del amor... antes de llamarse Iduard, incluso antes de que una barba encanecida le subrayase el melancólico rostro, caminaba con bastón por coquetería y ahora que precisa de su apoyo olvidó dónde lo dejó.
Recuerdan todos que subía con soltura al tranvía y bajaba de él al tiempo que saludaba con su sombrero, llevaba un reloj en el chaleco, reloj que todavía conserva pero ya vacío de tiempo. Desperdiciaba sus mañanas contando billetes de banco mientras silbaba canciones de Cole Porter y Glen Miller y del trío Los Panchos o aquella que cantó Alfalfa en el último corto que vio de "The little rascals". Afuera en la esquina, en la tan preciada hora del "lunch" rondaba a una hermosa felina llamada María (a secas para ella, pero para los demás siempre fue María la pantera), le compraba un clavel que ella prendía del ojal de su chaqueta, le guiñaba el ojo y se derretía un poco. Claro está que la rondaba por rondar, porque todos lo hacían, y ella, coqueta, se dejaba hacer la corte, pero solo ronroneaba a Ventura, aquel desgreñado que trabajaba en las plataneras, solo aquél recibía ufano sus ronroneos y sus arañazos y todos lo observaban como al último héroe griego y todas lo observaban como al Errol Flynn local, lástima aquel terrible percance, lástima...
Ahora que Iduard sí se llama Iduard y contempla el mundo desde su apartada orilla, ahora que el crepitar del tranvía solo es sombra del pasado y ya no existe la hora del "lunch", ahora más que nunca recuerda el rostro pecoso y rodeado de fiero cabello de fuego... Ana Luisa era de aquellas muchachas de mirada tímida, aquellas que cuchicheaban en la esquina de la plaza con sus amigas cuando pasaba un "gentleman" perfumado o entraban en la iglesia cubriendo su llama ondulada con el pañuelo negro. Seguramente cualquiera hubiese dicho de ella: "es una chica normal", "solo una más de tantas", cualquiera que no hubiese observado detenidamente sus ojos, sus ojos y su espiral al fondo, si te dejabas embaucar entonces... dejabas de llamarte I.E. Fernández para ser por siempre Iduard.
Cuando murió Ana Luisa Iduard escribió sobre la corteza de aquel laurel: "Se apagó la llama tragicómica y ya no pude reír."
Recuerda cómo se aferraba a sus piernas blancas kilométricas como si del bastón de Dios se tratase. Del cine blanca y negra refulgencia de hermosura. Una lágrima borró el último adiós. Fue triste no asistir, oficialmente, a su funeral. Fue un día lluvioso, en realidad no, pero así prefiere recordarlo. Pensó un rato en El canto a Teresa y en Elena Bellamuerte. Le pudo, algún día, haber pedido un mechón de pelo, pero entonces se le hubiese incendiado también el alma, no solo el corazón. Hubiese preferido ser mundano, como Ventura y la pantera, decir como él dijo, en casa de los padres de ella: "he venido a llevarme lo que me pertenece", Iduard no era de esos, sí es cierto que en el prado, bajo el laurel la vio desnuda y sus ojos se inundaron de caliente sabia, ella le dijo: "toma de mí lo que se te apetite" y él enmudeció. Ella continuó diciendo: "mañana salgo de la isla para no volver." Y la telaraña en la boca de Iduard, obstinada, retenía todas sus palabras, lo intentó, intentó poseer porcelana, pero solo pudo contemplar y contemplar... a Ana Luisa le entró frío, el mismo que llegó del norte el viernes que se fue para no volver, mirando de reojo desde la cubierta del barco a la estatua de Iduard petrificado.
Sí volvió, no vamos a mentir, pero lo hizo amortajada, con maquillaje borraron sus pecas, Iduard observó el cortejo fúnebre en la distancia, su viudo casi ni se distinguía de tan insignificante que era.
Volvió al laurel pesaroso, se sentó, vio nuevamente las curvas, el blanco, los kilómetros... Ana Luisa y el amor.



Cada loco con su tema

Uno toma las cosas nuevas con mucha energía, con tanta alegría como ilusión, la novedad vende, la novedad gusta, por eso cambian tanto las modas, por eso todo es cada vez más efímero... No es inconstancia, es sobre explotación de mi persona. La vida no perdona, y la pagan los blogs, ciertamente... Emily, hace poco decías que querías leer cosas nuevas, pero no sé como hacerle, antes tenía el mismo tiempo que ahora, pero es que antes me lo distribuía mejor, sin duda alguna...
Y así me enfurruño, rato a rato, intentando llenar estas páginas virtuales, y leer las suyas que tanto merecen mi atención, y ahí sigo, en la completa obstinación de la nada, nada me llega, nada me sale, ni manantial de palabras, ni encauzamiento de ideas, nada.


Y le sigo pensando en la mesa sentado, mis manos en la sien, rebusco y rebusco, de donde sacar para contentar y contentarme, pero...

Algún que otro cuento escribo, en momentos en los que mis rutinarias obligaciones se distraen, y sí se distraen, pero a veces me encuentran a mí distraído, y nada me llena el vacío. No es miedo al blanco, es exceso de negro.

Mejor me cuentan su tema... ahora pienso que mi padre cumple años en tres días y me gustaría escribirle algo para compensar la distancia que nos separa, tanta que un mes antes se me borró el cumpleaños de mi madre, y aún pago las secuelas sentimentales, en el olvido no hay nada, y en el recuerdo habita la nostalgia.



El advenimiento de Jueves


Fue como un pequeño y microcefálico milagro; desde la higuera se me cayó un gato. Le pusimos Jueves porque vino desnombrado, un poco por deferencia a Mr. Robinson Crusoe y otro poco por la cualidad de Jueves de estar siempre en medio de todo, y no como el apreciado, en la isla, "justo medio" aristotélico sino como deben estar los jueves, rozagantes y tropezones. Y ya se acostumbró mi soledad a su compañía y también mis manos a sus cariñosos arañazos y mordidas, nada sabe el pobre de refranes, aquél que decía "no muerdas la mano que te da de comer" pero se le perdona por hermoso, (¡qué no habremos hecho todos por la Hermosura!) sobre todo cuando pone su cara de angelito...
*
Y en el fuero interno de uno, que a veces barrunta como el cielo cuando anuncia tormenta, así me barrunta que este gato puede tener varios orígenes, a saber:
1. Es un espía enviado por la mafia gatuna (aunque ellos según Fernández Flores se autodenominen panteritas) para finalmente colonizar la isla.
2. Es un emisario del ilustre y añorado Morfeo ausente en viaje de negocios, para que le cuide la sombra del naranjo de la china.
ó 3. Finalmente Virgilio, el pajarito preocupón, consiguió vencer su gatofobia natural y se robó al gatito para que al viejo Iduard se le escabulla la nostalgia.
Fuese cual fuera la solución tenemos Jueves para rato así que por fuerza me tendré que hacer gatofílico.


Foto: El mero Jueves - Iduard
Nota: El playlist, donde podía elegir la música del blog ya no me funciona, así que de momento y hasta que encuentre otra solución no me queda más remedio que dejar el blog mudo, con lo que me duele esta circunstancia.



Pequeña tragicomedia de verano (y III)

El autobús de regreso era bastante más estrecho que el de ida, se aventuraban ocho horas muy pesadas. Esta vez sí estaban bien preparados, habían comprado cuatro tortas, dos especiales y otras dos de pierna en Tortas d'Ana y llevaban sus buenos litros de agua, los reproductores de mp3 hasta arriba de carga y canciones y libros de sudokus para luchar contra el aburrimiento.
La sorpresa para Ernesto fue mayúscula cuando vio que la película proyectada era El corcel negro. Nada de éxitos made in Hollywood, esta sería una película de sobremesa de aventuras con todas las de la ley, con su caballo arisco y su niño insistente (por no decir impertinente)... La disfrutó como un enano, casi como si de una del tarzán Weissmuller se tratase. Ya después no quedó otra opción, dormir o dormir.
Difícilmente se podía allí, las piernas se agarrotaban cada quince minutos, pero aun así pudieron conciliar el sueño unas horas.
*
Cuando Ernesto despertó en la penumbra intuyó que Clara lo estaba mirando.
- Sí - dijo con telarañas en la voz.
- Solo te miraba - respondió Clara hecha susurros.
Ernesto la besó en la comisura de los labios.
- Tengo que hablarte...
- no sé si te has dado cuenta de lo mal que suena esa frase.
- Es que...
- qué.
- Voy a tener un sirenito.
Ernesto enmudeció un instante.
- ¿Vas a tenerlo tú sola?
- No quiero que nos convirtamos en una sociedad económica.
- Pero, ¿estamos bien no?
- No quiero vivir en el filo de la navaja, no quiero depender de tus estados de ánimo.
*
Ernesto la abrazó con fuerza musitando "Ne me quitte pas", llorando bajito y quedo. Clara lo abrazó solo por corresponder.
Estaba amaneciendo, apenas entraban en Torreón y aún restaban cinco horas para llegar a Monterrey.
Imagen: Eduardo Galván
Música: Comptine d'été n° 3 - Yann Tiersen
 

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