El nido

Y si todo fuese tan fácil como en ese momento, eterno unir de alientos, abrigado en el hueco de tus labios, pausados que me regalan las alas, poder descansar un mundo, manantial de deseos, tiernamente despedirme de todos y cada uno de los instantes no bellos, y morir poco a poco prendido del hilo infinito, cándido, excelso... cierro los ojos y siento... mi hogar, mi paraíso terreno.
* imagen: El beso - Auguste Rodin
* musica: Tenderly - Billie Holiday

De orillas y hombres


Antes de que Iduard se llamase Iduard fue la esperanza de una casa, fue horizonte despejado y cimas próximas por escalar, Iduard fue amalgama de posibilidades, potencialidad en potencia, pero...
Las ruedas de la fortuna decidieron por él y un sentimentalismo exacerbado le traspasó las entrañas, y logró la comunión con todos los universos. Le dolían los poros por la falta de amor en el mundo, se hizo romántico, no por moda sino por convicción. En aquella época aún usaba sombrero.
Se enamoró primero de la fuente de la sabiduría y después de la fuente del amor... antes de llamarse Iduard, incluso antes de que una barba encanecida le subrayase el melancólico rostro, caminaba con bastón por coquetería y ahora que precisa de su apoyo olvidó dónde lo dejó.
Recuerdan todos que subía con soltura al tranvía y bajaba de él al tiempo que saludaba con su sombrero, llevaba un reloj en el chaleco, reloj que todavía conserva pero ya vacío de tiempo. Desperdiciaba sus mañanas contando billetes de banco mientras silbaba canciones de Cole Porter y Glen Miller y del trío Los Panchos o aquella que cantó Alfalfa en el último corto que vio de "The little rascals". Afuera en la esquina, en la tan preciada hora del "lunch" rondaba a una hermosa felina llamada María (a secas para ella, pero para los demás siempre fue María la pantera), le compraba un clavel que ella prendía del ojal de su chaqueta, le guiñaba el ojo y se derretía un poco. Claro está que la rondaba por rondar, porque todos lo hacían, y ella, coqueta, se dejaba hacer la corte, pero solo ronroneaba a Ventura, aquel desgreñado que trabajaba en las plataneras, solo aquél recibía ufano sus ronroneos y sus arañazos y todos lo observaban como al último héroe griego y todas lo observaban como al Errol Flynn local, lástima aquel terrible percance, lástima...
Ahora que Iduard sí se llama Iduard y contempla el mundo desde su apartada orilla, ahora que el crepitar del tranvía solo es sombra del pasado y ya no existe la hora del "lunch", ahora más que nunca recuerda el rostro pecoso y rodeado de fiero cabello de fuego... Ana Luisa era de aquellas muchachas de mirada tímida, aquellas que cuchicheaban en la esquina de la plaza con sus amigas cuando pasaba un "gentleman" perfumado o entraban en la iglesia cubriendo su llama ondulada con el pañuelo negro. Seguramente cualquiera hubiese dicho de ella: "es una chica normal", "solo una más de tantas", cualquiera que no hubiese observado detenidamente sus ojos, sus ojos y su espiral al fondo, si te dejabas embaucar entonces... dejabas de llamarte I.E. Fernández para ser por siempre Iduard.
Cuando murió Ana Luisa Iduard escribió sobre la corteza de aquel laurel: "Se apagó la llama tragicómica y ya no pude reír."
Recuerda cómo se aferraba a sus piernas blancas kilométricas como si del bastón de Dios se tratase. Del cine blanca y negra refulgencia de hermosura. Una lágrima borró el último adiós. Fue triste no asistir, oficialmente, a su funeral. Fue un día lluvioso, en realidad no, pero así prefiere recordarlo. Pensó un rato en El canto a Teresa y en Elena Bellamuerte. Le pudo, algún día, haber pedido un mechón de pelo, pero entonces se le hubiese incendiado también el alma, no solo el corazón. Hubiese preferido ser mundano, como Ventura y la pantera, decir como él dijo, en casa de los padres de ella: "he venido a llevarme lo que me pertenece", Iduard no era de esos, sí es cierto que en el prado, bajo el laurel la vio desnuda y sus ojos se inundaron de caliente sabia, ella le dijo: "toma de mí lo que se te apetite" y él enmudeció. Ella continuó diciendo: "mañana salgo de la isla para no volver." Y la telaraña en la boca de Iduard, obstinada, retenía todas sus palabras, lo intentó, intentó poseer porcelana, pero solo pudo contemplar y contemplar... a Ana Luisa le entró frío, el mismo que llegó del norte el viernes que se fue para no volver, mirando de reojo desde la cubierta del barco a la estatua de Iduard petrificado.
Sí volvió, no vamos a mentir, pero lo hizo amortajada, con maquillaje borraron sus pecas, Iduard observó el cortejo fúnebre en la distancia, su viudo casi ni se distinguía de tan insignificante que era.
Volvió al laurel pesaroso, se sentó, vio nuevamente las curvas, el blanco, los kilómetros... Ana Luisa y el amor.



Cada loco con su tema

Uno toma las cosas nuevas con mucha energía, con tanta alegría como ilusión, la novedad vende, la novedad gusta, por eso cambian tanto las modas, por eso todo es cada vez más efímero... No es inconstancia, es sobre explotación de mi persona. La vida no perdona, y la pagan los blogs, ciertamente... Emily, hace poco decías que querías leer cosas nuevas, pero no sé como hacerle, antes tenía el mismo tiempo que ahora, pero es que antes me lo distribuía mejor, sin duda alguna...
Y así me enfurruño, rato a rato, intentando llenar estas páginas virtuales, y leer las suyas que tanto merecen mi atención, y ahí sigo, en la completa obstinación de la nada, nada me llega, nada me sale, ni manantial de palabras, ni encauzamiento de ideas, nada.


Y le sigo pensando en la mesa sentado, mis manos en la sien, rebusco y rebusco, de donde sacar para contentar y contentarme, pero...

Algún que otro cuento escribo, en momentos en los que mis rutinarias obligaciones se distraen, y sí se distraen, pero a veces me encuentran a mí distraído, y nada me llena el vacío. No es miedo al blanco, es exceso de negro.

Mejor me cuentan su tema... ahora pienso que mi padre cumple años en tres días y me gustaría escribirle algo para compensar la distancia que nos separa, tanta que un mes antes se me borró el cumpleaños de mi madre, y aún pago las secuelas sentimentales, en el olvido no hay nada, y en el recuerdo habita la nostalgia.



El advenimiento de Jueves


Fue como un pequeño y microcefálico milagro; desde la higuera se me cayó un gato. Le pusimos Jueves porque vino desnombrado, un poco por deferencia a Mr. Robinson Crusoe y otro poco por la cualidad de Jueves de estar siempre en medio de todo, y no como el apreciado, en la isla, "justo medio" aristotélico sino como deben estar los jueves, rozagantes y tropezones. Y ya se acostumbró mi soledad a su compañía y también mis manos a sus cariñosos arañazos y mordidas, nada sabe el pobre de refranes, aquél que decía "no muerdas la mano que te da de comer" pero se le perdona por hermoso, (¡qué no habremos hecho todos por la Hermosura!) sobre todo cuando pone su cara de angelito...
*
Y en el fuero interno de uno, que a veces barrunta como el cielo cuando anuncia tormenta, así me barrunta que este gato puede tener varios orígenes, a saber:
1. Es un espía enviado por la mafia gatuna (aunque ellos según Fernández Flores se autodenominen panteritas) para finalmente colonizar la isla.
2. Es un emisario del ilustre y añorado Morfeo ausente en viaje de negocios, para que le cuide la sombra del naranjo de la china.
ó 3. Finalmente Virgilio, el pajarito preocupón, consiguió vencer su gatofobia natural y se robó al gatito para que al viejo Iduard se le escabulla la nostalgia.
Fuese cual fuera la solución tenemos Jueves para rato así que por fuerza me tendré que hacer gatofílico.


Foto: El mero Jueves - Iduard
Nota: El playlist, donde podía elegir la música del blog ya no me funciona, así que de momento y hasta que encuentre otra solución no me queda más remedio que dejar el blog mudo, con lo que me duele esta circunstancia.



Pequeña tragicomedia de verano (y III)

El autobús de regreso era bastante más estrecho que el de ida, se aventuraban ocho horas muy pesadas. Esta vez sí estaban bien preparados, habían comprado cuatro tortas, dos especiales y otras dos de pierna en Tortas d'Ana y llevaban sus buenos litros de agua, los reproductores de mp3 hasta arriba de carga y canciones y libros de sudokus para luchar contra el aburrimiento.
La sorpresa para Ernesto fue mayúscula cuando vio que la película proyectada era El corcel negro. Nada de éxitos made in Hollywood, esta sería una película de sobremesa de aventuras con todas las de la ley, con su caballo arisco y su niño insistente (por no decir impertinente)... La disfrutó como un enano, casi como si de una del tarzán Weissmuller se tratase. Ya después no quedó otra opción, dormir o dormir.
Difícilmente se podía allí, las piernas se agarrotaban cada quince minutos, pero aun así pudieron conciliar el sueño unas horas.
*
Cuando Ernesto despertó en la penumbra intuyó que Clara lo estaba mirando.
- Sí - dijo con telarañas en la voz.
- Solo te miraba - respondió Clara hecha susurros.
Ernesto la besó en la comisura de los labios.
- Tengo que hablarte...
- no sé si te has dado cuenta de lo mal que suena esa frase.
- Es que...
- qué.
- Voy a tener un sirenito.
Ernesto enmudeció un instante.
- ¿Vas a tenerlo tú sola?
- No quiero que nos convirtamos en una sociedad económica.
- Pero, ¿estamos bien no?
- No quiero vivir en el filo de la navaja, no quiero depender de tus estados de ánimo.
*
Ernesto la abrazó con fuerza musitando "Ne me quitte pas", llorando bajito y quedo. Clara lo abrazó solo por corresponder.
Estaba amaneciendo, apenas entraban en Torreón y aún restaban cinco horas para llegar a Monterrey.
Imagen: Eduardo Galván
Música: Comptine d'été n° 3 - Yann Tiersen

Pequeña tragicomedia de verano (II)


"tuvimos un sirenito
justo al año de casados
con su cara de angelito
y su cola de pescado"
***
En la alberca chapoteaba Ernesto escuchando la popular canción, Clara andaba junto a Rocío en la playa, le prometió traerle un coco con chile, aún no volvía y ya tenía hambre. Antonio le hacía gestos desde la barra del bar para que se acercara.
- Véngase Ernesto, ya deje de chapotear. Mira, mira qué charalitos más deliciosos. ¿Quieres tomar algo?
- Bueno, una Pacífico está bien.
- Y ¿qué le pasa a mi Ernesto? Qué le pasa.
Le costaba aguantar la mirada a Antonio y a su aliento alcohólico.
- A mí, poca cosa y ¿a ti? ¿Ya andas así si apenas son las dos?
- Bueno, pero si la chela es maravillosa, te soluciona la vida por momentos y a mí me entretiene que es una barbaridad.
- No creo que solucione tus problemas.
- ¡Qué problemas! Yo soy feliz.
- ¿Y Rocío?
- Ya se acostumbró brother, ya sabe que no puede pedir más y se conforma con lo que tiene, yo también me conformé hace tiempo con ella, yo prefería a Maribel Guardia, con sus cosotas y todo eso - y estalló en estruendosas carcajadas.
- Pues yo sí le pido más a la vida.
- ¿A parte de Clara o contándola a ella?
- O descontándola - respondió Ernesto y Antonio volvió a reír convirtiéndose en el centro de atención de todas las miradas.
*
Caminaban por la calle Constitución desde la plaza Machado en busca de los suspiros de Doña Pompa, en realidad ella les llamaba merengues, pero para Ernesto siempre fueron suspiros... Clara se detuvo en un letrero; "Mira Ernesto, por aquí pasaron Kerouac y compañía y más allá está el hotel Melville, ¿qué calle más literaria verdad?"
- Pues sí, todo un lujo.
Compraron los merengues, Ernesto suspiró ampliamente, caminaron cogidos de la mano hasta el camión, Clara entrevió una sonrisa en los labios de Ernesto. Se sorprendió sobre manera porque ayer en los Tacos Alejandro casi echa a llorar de puro coraje cuando Ernesto le soltó aquello de: "ya no me siento tan cómodo como antes." "A lo peor y no es tan pasajero esto que me pasa." "A veces siento que no le encuentro sentido a todo esto."
Clara intentó entonces encontrar explicaciones, profundizar en los sentimientos de él, pero halló solamente una larga, fría y blanca pared; mientras Ernesto acabó tranquilamente con su chorreada mixta, a Clara se le indigestó.
Después en el hotel hicieron el amor, cuando todo terminó Ernesto durmió; Clara salió a la terraza y ahora sí, lloró. Y el rojo inflamado del horizonte le inundó el alma.
*
Ya se terminaron las vacaciones, en la recepción del hotel esperaban sentados a que llegara el taxi.
- No sé cómo Rocío soporta a su marido.
- Pues lo que pasa, Ernesto, es que Rocío ya solo contempla el lado económico, ya solo está a su lado porque ayuda a pagar las facturas.
- ¿Y ella es feliz?
- Pues a su manera sí, todo lo que no sea relación de pareja le va fenomenal, incluso ha vuelto a escribir sus cuentos.
- ¿Entonces aguantará a Antonio hasta que pueda emanciparse?
- Algo así, o hasta que los niños se vayan de casa...
- pues que pena. ¡tú te imaginas que terminamos así?
- No Ernesto, no puedo imaginármelo, porque el solo hecho de pensarlo ya quiere decir que se pueda realizar, para mí.
...
- Y tú Ernesto, ¿te lo imaginas?
- ¿Los señores Ojeda?
- Sí - respondieron ambos.
- Su taxi ya llegó.
Imagen: Eduardo Galván
Música: Comptine d'été n° 2 - Yann Tiersen

Pequeña tragicomedia de verano (I)


- Llevamos casi 45 minutos detenidos, ¿qué pasa? ¿Por qué no preguntas?
- Porque no me apetece y además tengo mucho sueño. - Respondió Ernesto.
- En fin...
Clara bajó del autobús y caminó un trecho carretera arriba siguiendo la fila de vehículos. Ernesto miraba por la ventana soñoliento. El paisaje era realmente hermoso. Pinos y flores, era la hora del rocío.
- ¿Cuántas horas llevamos de viaje?
- Como 10 o más - oyó que decían unos asientos más adelante.
Le daba vueltas a la última oferta de trabajo que recibió; ciertamente el sueldo era menor, pero era la única que le quedaba, de ningún otro colegio había recibido noticias y ya se acercaba el inicio de curso.
Clara volvió sonriendo:
- Fíjate que se volcó un camión de maíz, parece que nos quedamos media hora más.
- Clara, no sé si fue buena idea programar estas vacaciones.
- Pues ya es demasiado tarde - contesta tajante.
Los pinos herían verdes el cielo azul, Ernesto se arremolinaba en su asiento, finalmente el autobús emprendió su marcha, recorriendo moroso el camino plagado de curvas de la sierra, lentamente pasó al lado del camión volcado, los lugareños aprovechando la coyuntura llenaban sacas y cubetas con el maíz derramado en amarillo manto sobre el suelo terroso, del chofer nada se sabía, Ernesto deseaba morbosamente ver algo de sangre, sus deseos no fueron satisfechos.
- ncht
- ¿Qué te pasa Clara?
- Es que...
- qué
- últimanente no estás contento con nada, hace tiempo que no te veo sonreír.
- Quizá esté insatisfecho, quizá esperaba haber conseguido algo más estable a estas alturas.
- ¿Pero quién consigue estabilidad ahora? En estos tiempos tan inciertos.
- Me mató perder el trabajo, ya llevaba tiempo ahí, ya me había amoldado y tenía ocasión de medrar.
- No todo en la vida es medrar Ernesto, te estaba matando ese empleo, nunca llegabas a casa antes de las 7 y siempre andabas de mal humor y muy atareado.
- Es que...
- oye Ernesto, ¿tú aún me amas?
- Mira Clara, ¡ya llegamos a Mazatlán!
Imagen: Eduardo Galván
Música: Comptine d'été n° 1 - Yann Tiersen
 

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